Hola,

Acabo de llegar a casa de una cena de cumpleaños; Koskis nos ha invitado a cenar a El Molar, un pueblo situado en plena sierra norte madrileña, al que se llega muy fácilmente tomando la A-I hacia Burgos. No conocía el pueblo, pero hemos dado un paseo antes de ir al bodegón en el que hemos cenado, y tiene pinta de ser uno de esos pueblos que ha logrado salir a flote gracias al turismo rural y a los mesones y bodegas. Y a los ladrillos, como casi todos los lugares de España. Parece ser que el lugar es muy conocido por sus cuevas y restaurantes, y a Koskis le habían dicho que se comía muy bien. Él personalmente ha elegido una cueva llamada El Bodegón de Olivares, pero allí hemos podido ver que hay muchas cuevas para elegir, todas ellas muy concurridas, y en algunas además se pueden alquilar cuartos para hacer noche y no tener que preocuparse por las horas, la oscuridad y los excesos con el alcohol. (NOTA: no me pagan por esto, ¿eh? No es publicidad subliminal. Me estoy limitando a contar los hechos tal y como me han salido de la cabeza al teclado).

La cena no ha estado nada mal, sobre todo para aquellos aficionados a las carnes rojas (mis papilas gustativas hace mucho que decidieron, de forma autónoma e independiente, que dichas carnes no son de su agrado, así que no he disfrutado de la cena tanto como los demás); ha consistido básicamente en ensaladas variadas, tablas con carnes, morcillas, pimientos y chistorras varias, y filetes de carne de buey a la piedra. El camarero nos ha dicho que la carne era toda de la sierra, y la verdad es que era de gran calidad (que no me guste la carne roja no significa que no sea capaz de reconocer una pieza buena cuando la veo y pruebo). Pero lo mejor no ha sido la comida en sí misma, sino la propia cena: bromas al cumpleañero, regalos varios, y un ambiente muy agradable. A ello ha contribuido el hecho de cenar en la terraza (hacía aire y amenazaba tormenta, ya que había rayos y nos han caído un par de gotas, aunque al final nos hemos librado de mojarnos) y tal vez a no ser muchos en la cena, nueve personas en total. Las compañías agradables siempre son bienvenidas, pero si además se puede hacer que hablemos todos con todos, mucho mejor.

El caso es que a Koskis le han gustado sus regalos, se lo ha pasado bien (y nosotros con él), y ha cenado a gusto algo que le place mucho. Eso es lo importante en una cena de cumpleaños, supongo.

Eso sí, ahora puedo decir sin miedo a mentir que no me gusta la carne de buey. Ni siquiera la carne de calidad.

Un besote